Aquel primer viaje para visitar el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre en Santiago de Cuba, no había estado exento de contratiempos. Era el tercer tren que se nos iba en igual cantidad de días por la avalancha de pasajeros que siempre abarrotaban esa ruta y otra cualquiera. Por lo tanto a la cuarta iba la vencida. Y así fue. Finalmente en un pasillo amontonado, por personas, cajas y animales, emprendí acompañado por tres amigos, mi primera experiencia hacia ese lugar sagrado para muchos cubanos. En la agenda de mis amigos y en la mía también, iba un objetivo prioritario y difícil de lograr, pero con una fe absoluta en que la Virgen nos ayudaría en nuestros clamores. Era un verano de la primera mitad de los noventa, que sacudía la isla con una crisis espantosa. Hacía un calor insoportable y olores de todo tipo y tras el prolongado pitazo que anunciaba la partida, lográbamos salir desde Camagüey, hacia un lugar que siempre emociona visitarlo.
De inmediato empezaban a asomar todo tipo de personajes que iban a protagonizar aquel largo viaje; pero una de las cosas que más me llamó la atención fue la puja por la compra de una Calabaza de las llamadas de Corneta, que tienen mucha masa, pocas semillas y exquisito sabor. Recuerdo que el dueño de la calabaza, abrazaba aquel preciado fruto de la naturaleza, como si fuera una hija muy querida.

