No les
voy a hablar de un sueño que tuve con ella, o de una anécdota fruto de mi imaginación,
les voy a contar aunque parezca difícil de creerlo sobre mi encuentro con Celia
Cruz, días después de su muerte en un rinconcito bien querido por muchos
cubanos. Si, para sorpresa mía pude encontrarme
con Celia en el Santuario Nacional de la Virgen del Cobre, cuando una banderita
cubana que se encontraba sobre una de las mesas donde los peregrinos suelen
dejar aquello que prometieron a la Virgen, destacaba por sobre muchas otras
cosas.
Al
acercarme para verla con detenimiento pude ver un mechón de pelo bien negro
sobre la banderita y un papel escrito a mano, donde explicaba que esa banderita
había acompañado el cortejo fúnebre de Celia Cruz, y que el mechón le había sido
cortado expresamente para ser llevado hasta allí, por su hermana Gladys.
Aquello me sacudió por completo. Había tenido el privilegio de estar tan cerca
de ella, de poder tomar aquel pelo, besarlo y pedirle a la virgen que la
tuviera en un lugar privilegiado, pues había regresado aunque fuera de esa
manera, ya que de otra forma no pudo ser.